miércoles, 13 de mayo de 2020

Algunas palabras sobre Pistas forestales de Christian Peribáñez (Anorak Ediciones, 2017)

Pistas forestales (Amo los lunes): Amazon.es: Peribáñez Baiges ...


Christian comienza a nadar por un bosque lleno de olvidos. Es un aliado la memoria para perdonar a los que son insultantemente jóvenes, el primero Kavafis, “Porque solo es así posible que todos/se borren de la memoria en absoluta perfección”. Peribáñez sentado en un taburete de un bar goyesco, tiene algo de dinero en sus manos y toma café y de sus manos caen poemas y sensualidad no conocida hasta ahora, “Dejar que regrese un revuelto de buitres/como adorno inútil o droga consentida”. Sus imágenes nos llevan a Julio Antonio Gómez en plena madrugada de telegramas y habitaciones pagadas en peseta, porque hay Zaragoza en las palabras de Peribáñez, “Callo y mi silencio apesta a lejía”. Limpiando la memoria, haciendo la guerra con el pasado, la piel que uno muda puede parecer mejor o peor, pero ya para siempre está perdida “Apenas me dura en la sangre/un beso de insecticida”. La belleza que trae una ausencia, en un gesto mínimo, dando validez a un libro: “Ahora compro un imán menos en los viajes”. De la generación de los zalameros, los de los pies y manos grandes, los que envolvíamos con tono monacal nuestra rabia hasta que llegaba la explosión, “solo conocimos la guerra en las noticias/y robamos munición a las luciérnagas”. Aumenta el paso del tiempo como si le dieras cuerda, yo que escribo esto te acompaño en el ritmo y también voy hacia atrás para no encontrarme o para ser el que era, pero distinto, interino: “La juventud que entonces aspiramos ya no/nos dispara. Al menos no nos alcanza.” Buscamos delgadez y otros buscan carne. Al final es inquietud ante lo que nos ata a la tierra y nos desata de otros cuerpos, de los de una madre, una abuela. Si no conociste el amor en los noventa, “Para el arco de seguridad somos cromos repetidos”, Goliat, Gulliver, el Golem. Tres G, éramos jóvenes y podríamos haber escrito cartas, porque no había móviles. Podríamos pero nunca lo hicimos, éramos perezosos o no teníamos sellos...ahora en cada poema hay una botella que lanzas a un mar seco y desconocido “Me pregunto si comprarás periódicos los domingos/y si tu hechizo no ocultará espino o tendrá fecha en la tapa”. Ahora, “que definimos a un hombre por sus costuras” descubrimos que no sabemos si esta vida usa dado o carta más alta o está todo cargado de trampas, “En mi cama/donde se escondieron los primeros cristianos”, como si una confesión a tiempo fuera menos confesión y más excusa.

martes, 12 de mayo de 2020

Unas palabras sobre La miradora de David Giménez Alonso (Comuniter, 2019)


Vuelve David Giménez – Librería Anónima

David Giménez caminó por el pasillo de su casa hasta la puerta. La abrió y miró fuera. Escuchó sirenas, unas con cola y otras recorriendo Remolinos controlando que nadie se saltara el confinamiento. Las promesas de las primeras no tenían suficiente dulzura, se dio media vuelta y se quedó en su casa. Era el final del 2018 y el viaje había comenzado dos años más tarde. Sobre la mesa de la cocina extendió un mapa mudo y comenzó a pintar sobre él-podría haberle hablado, pero no le hubiera contestado, era mudo, el mapa, “Que no haya respuesta es en sí una respuesta”-, marcó con muchas cruces, trasuntos del Yukón como Gallake, Niu Yol como Nueva York, David Giménez era como un Battiato de la ribera buscando “las ciudades sagradas son difíciles de habitar”, besando el papel como si no hubiera uvas pasas, calmando su explorador interior mostrando su peor cara. La miradora es como Salgari o Lovecraft escribiendo poemas sobre el mundo sin salir de su casa, como aventurarse a una distopía con las instrucciones caducadas. Hay ciertas ciudades a las que hay que ir bien comido, como pasa con el whisky y como se decía antes de algunas mujeres, “Qué será lo próximo, una lluvia sin fondo, sin principios..”, lo siguiente es agachar la cabeza, silbar a Devendra Banhart, escupir sobre los ángulos rectos de Lisboa, morder la dinamita como si fuera regaliz de palo. El amor construido en inviernos nucleares, un amor pálido y ligero “Te tapabas con una manta que siempre llevabas a tu lado/una manta como un matrimonio blanco”, como Marie Laforet escribiendo una postal el última día de su vida “Y también comienzo a nadar/debajo de los pasos de cebra está el mar/los otros poetas de mayo no decían eso/se quedaron en la playa.” En Mostar la mujer de Lot, atrapada en la sal de la muerte, en Turín, una vecchia signora que le dice a su marido “la espuma es el miedo del mar” mientras le acaricia la mano. Iglesias donde llorar, olvidar un anillo en fondo de un dedo, el miedo a la corriente “Vivo en el interior. Casi no llueve.” El segundo día que David quiso salir de su casa lo primero que hizo fue comprobar que los líquenes habían muerto, no llovía desde hacía mucho en su casa. Llovía mucho fuera, en la calle, pero casi nada dentro de las habitaciones. Las hojas parroquiales se acumulaban en el entresuelo y las escobas traían púas por haber pasado una mala noche. Giménez se sintió un poco Whitman y un poco Cohen, escribió en papel reciclado hermosas promesas que nunca cumpliría al despertarse. La primera que iba a despertarse “acoge a mi hijo antes de que llegue la noche”, la segunda que su padre volverá con marfil entre los dientes “Mi sombra me dice que no muevas/ahora va a mover tu padre”, la tercera que elegiría una musa y la pondría en la popa del barco, donde asustaría a las sirenas de la poesía. El tercer día empezó cuando acabó el cuarto, así de desordenada es la vida del poeta que muere “Yo morí en abril que era el mes de cien noches”, con la boca cargada de besos y los bolsillos llenos de fartons, sin tener que dar explicaciones a otros muertos y a otros vivos, los que buscan un lugar perfecto para esa labor “encontrar un sitio adecuado donde morir, lejos de los hospitales y las amarguras”. Indios de madera que se mueven por las noches, rockeros que van de la cama al living, sonetos que se descuadran cuando la chica a la que van dedicados no corresponde, “anoche tuve un sueño en el que alguien me soñaba”. El poeta minero encontró en la punta del lápiz la promesa de los mejores versos del mundo, solo había que esperar unos millones de años a que las palabras se asentaran. “No ser un hombre feliz/pecar de excesos y rapear”. Yo digo, rapear a nivel PROFESIONAL.

domingo, 10 de mayo de 2020

Unas palabras sobre Escalinata de Sebas Puente Letamendi (Baile del Sol,2017)


ESCALINATA: Amazon.es: Puente Letamendi, Sebas: Libros

¿Qué hay en los peldaños de este libro? ¿Quién espera arriba? ¿Quién se ha quedado en la parte de abajo? Los versos de Sebas Puente son el resultado de un cincel robusto que juega al despiste, eliminando broza y buscando el laberinto en el inexperto que se acerca al libro silbando “Introduciendo un vacío impecable/en los bronces y las conversaciones”, como el Cohen de Tower of song, el salmo apócrifo y urbano reluce como una pepita de oro: “Cómo podéis dormir tranquilos/cuando es el cielo/lo que esperáis”. Como un ángel de Handke y un desesperado forajido de Sam Shepard, Sebas captura “Alguien tendrá que hacerse cargo/de nuestras próximas apariciones” y devuelve el gris aletear de los pájaros sin nombre y los monstruos que se esconden bajo los puentes, ministerios vacíos, ciudades vacías, cuerpos vacíos “Abandonamos nuestras habitaciones/para buscar un espacio nuevo/desde el que observar sin ser vistos”. Una espiral se convierte en una cinta de Moebius donde se confunden principio y final: “Las palabras y la vida/no hacen contacto, fallan”. Entre las cúpulas y las figuras, entre el pan dorado y las columnas que rascadas arrojan el poco gusto del policromado, como si la visita fuera a Astaroth “Varias estatuas que custodiaban/la entrada principal de la ciudad/han sido abiertas siguiendo el surco/de sus principales vetas”. El alcohol y el viaje, las estampas de Hopper, terminales de autobús y tren, la huida como un empate con la vida: “Puede que consideremos una retirada a tiempo; /puede que, después de todo, conquistemos/una apurada victoria”. Sebas ahonda en la sociedad de fantasmas, en la vida de los ausentes, hay una compañía invisible con la que compartir alivios momentáneos: Una mujer, un amigo, las palabras: “En los días de asuntos propios/dejamos que el ambiente se enturbie/y bebemos a conciencia, /pagando, cuando hace falta,/precios desorbitados”, esa compañía sobrevuela el libro, lo hace cercano, alimenta: “Porque desde hace meses,/nos movemos en silencio por la casa y asentimos/ante cualquier pregunta”. No hay sed suficiente para todo lo que falta por celebrar, sea un espejo, Man Ray o Cadaqués.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Unas palabras sobre La mala raza de Nacho Escuín (Editorial Bala Perdida, 2019)

La mala raza – Bala Perdida Editorial




Cuando no ha pasado ni un año pero todo tiene pinta de más viejo, de antes de...escribe Nacho Escuín en su vuelta a la poesía, como si de un traje que vuelto a poner tras un tiempo te queda mejor incluso que antes, “a lo lejos el mar también se destruye”, porque la destrucción y el cainismo es parte de este libro. Una cita de Roger Wolfe que abre el texto, el hombre que se asesinaba en los transportes públicos, y también una cita de Supersubmarina. Escuín ha decido que usará los colores que decida, mezclando fuera de canon, cogiendo de la moda lo que para él es tradición. “No estar en ninguna parte/y en todas la vez/da perspectiva” es un verso inequívoco de los años como político que han pasado en la vida del poeta. Un poeta político o un intelectual que trabajó para el pueblo, las definiciones valen casi todas, pero “La mala raza” no es un libro político ni esta una columna de opinión. Aquí hay belleza y la bilocación, aunque sea de cuerpo y alma, es algo con lo que viven los poetas de este siglo y del pasado. Me viene a la cabeza Vicente Muñoz como un beatnik del calzado o los poetas-profesores que dejan que sus asignaturas se introduzcan en sus versos como curiosos estudiantes. El café y la ciudad. Dos temas clásicos en Escuín. Las fotos de las paellas y la prensa que solo eran el descanso del guerrero, “quiero irme de aquí/pero nunca me fui del todo”. Conocer al poeta hace que uno se sienta más cómodo en sus versos “Y luego está la valentía del que dejó de fumar para que yo la olvidara”. Recuerdo la casa junto a la Romareda, estar sin tabaco y fumarme un pitillo que ya estaba un poco pasado pero que te sabía a gloria. La guerra por la palabra, por lo que es verdad y no importa, porque lo que importa es lo que quieras escuchar, es bueno tener que obligarse a una lectura segunda, escapar del ruido blanco que lo entorpece todo. Este libro de Escuín es un libro escrito bajo un bombardeo, cuando ya no quedan parapetos y los folios son la última de las protecciones. La segunda parte, Portfolio, es un ejercicio de retratos y espejos, no sabemos si hay realidad o es estándar, no importa, todos podemos tener una esquirla de “La muchacha de la noche” o de “El hombre con los ojos tapados” en nuestra propia manera de andar, generaciones que no se dejaron marcar por las obsesiones de sus padres, Berlín, Brexit, el ayer y el mañana, “Todo está en la infancia”-vuelve Vicente Muñoz porque Vicente nos alimentó en los tiempos oscuros después de las revueltas-, esas lecturas en bares que ahora parecen un poco ridículas pero que nos acercaban a las estrellas del rock. “La presión de leer un poema como si en él se terminase el mundo”, Calamaro, Paco Umbral, los restos de un amor puntual y sus cenizas moradas que sobre el oficialismo se niegan a ser recordadas.

Un punto y aparte. Una vuelta al atril y las botellas de agua mineral del tiempo, el idioma de la ginebra se apaga y es más difícil levantarse a las siete para ir a trabajar que llegar a casa con los huesos impregnados en absenta.

viernes, 10 de abril de 2020

Unas palabras sobre Poema de miedo, esperanza y felicidad en veintiséis partes de David Mayor (4 de agosto, 2019)


A veces uno se sienta frente al teclado por obligación. Por vencer la pereza. No había pereza, había miedo. Mi amigo Enrique me regaló este libro y las semanas fueron pasando entre angustia y esperas, entre pandemias y kilómetros. Hoy respiro y, aunque la química ayuda, tienes que ponerte en marcha. Seleccioné de la pila que nunca desciende unos cuantos, sabiendo que el de poesía iba a ser el que más costara leer, el que pidiera una y otra vez darle vueltas, doblar las hojas por abajo cuando un verso te impactara o un poema te marcara, doblando las hojas por arriba para seguir leyendo al día siguiente. Sin capítulos no hay orden. David Mayor publicó en el número 222 de Planeta Clandestino Poema de miedo, esperanza y felicidad en veintiséis partes. David escribe poco porque lee mucho. Pero cuando lo hace las tijeras son el abordaje de su poesía, como en aquel cartonero de David Giménez, minúsculo y polisémico. Aquella novela que era un poemario. David Mayor es un miembro de la familia Summers y presentó una vez con los zapatos de su padre. Cuando leo a David en este libro vuelvo a Julio Verne. David escribe Jules porque sabe de lo que habla -o escribe-. Yo pienso en el filósofo que lleva sus americanas a la tintorería con el cambio de temporada y espera encontrarse algún billete de veinte euros con el que pagar una ronda. El libro de David tiene algo de mapa del tesoro, de contrabando de té -hay mucho té en el libro, como un recuerdo a las compañías que surcaban el camino de las Indias-, aunque también, con las personas de verbo, podría trasladarnos a la Manila de Gil de Biedma, cambiando la bolsita por el tabaco. 



Un libro que atrapa los versos que sobrevuelan, que habla de la persona que uno no es o de la persona en la que uno ve que se ha convertido (“desde el lugar extraño que siempre es/vivir dos veces: tarde y temprano.”), hay un guiño rockero a cuando la vída era marrón y circulaba con la parsimonia de la resina a través de un canal de blues en Epitalamio (“Que tirar de las sábanas es tan antiguo como el mundo”), vuelvo a la locura de Janni Dakkar que recorre los fondos submarinos como si fueran montañas de locura (“El mar tiene laberintos dentro/que recuerdan el fracaso de los hombres”) y esa ondina que alimentó a la vez a Servando Carvallar e hizo callar a Antonio Luque (“El río trae el ruido de alguien/que llama a alguien”). David corrige y usa lápiz de punta afilada, mezcla el rojo con el negro, el tapiz con el que sueña se deshace cada vez que despierta y contempla la utopía también deshecha. Caminando como un poeta sin trabajo en un mundo steampunk (“Llueve como solo llueve en la literatura fantástica”), como si el último rapsoda fuera Paolo Bacigalupi y el amor y los poemas se midieran con créditos de la República -la de Palpatine, no se confundan-, y el arte un recuerdo que se conservara en los únicos museos permitidos, los de antropología (“vivir sabiéndol/debería ser el estado de las cosas”). Jean Luc Godard en Todo va bien, el cuaderno donde se conserva el amor antes de que arda. Un libro, este de David Mayor, que avisa de la distopía, que nos ayudará a salir de ella. Manual de instrucciones para un juego que solo habíamos visto en las estanterías.

Gracias al poeta y amigo Enrique Cebrián que me regaló este libro (todavía te debo uno)

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Reseña de No podrán de Erizo (autoeditado, 2019)


Siempre es motivo de alegría el nacimiento de una nueva banda en nuestra región, en este caso ellos son Erizo, un combo enérgico con buenas guitarras y una solvente sección rítmica que presenta un EP de cuatro temas para su debut. El comienzo con Destellos, juega con un desarrollo narcótico que te deja suspendido entre efluvios rítmicos y una bruma de todo lo épico que nos recuerda a lo más lacónico del sonido británico de los noventa. No podrán trae una descarga de electricidad de vieja escuela, con sabor añejo y lírica social, un tema directo que atrae con apetencia diabólica y puntual sadismo en los pedales. Erizo bebe también de grupos más cercanos en el tiempo, como la lírica alucinada de Vetusta Morla o el camino exigente de banda como Grises, en Pequeño saltamontes hay una apetitosa muestra de ello, la toxicidad del canto rodado. Para el cierre del EP, Antes de llegar, vuelve esa parte más ambiental, de desarrollo intenso que apuntaba el comienzo del tema, un terreno, el del medio tiempo especiado para estadios, en el que Erizo parece encontrar su ajuste mejor, valiente en la voz Juan Luis Erizo, sus guitarras tienen rigor y atrevimiento a partes iguales y la parte de la sección rítmica, con Francisco Javier Galindo en percusión y batería y Julio Ramos, son el colchón imprescindible para desarrollar un proyecto de estas características.

Erizo es una propuesta que recoge la tradición enérgica de las últimas décadas, con un buen manual de estilo y un sonido contundente que esperamos ver pronto en directo.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Hotel Margot S02E03: Pequeño, veinte años.




De la reescritura de una obra que lleva al artista aragonés a ser un referente como compositor e intérprete de dos décadas fértiles en la historia de nuestra música. Nunca han estado las generaciones tan unidas y entrecruzadas, nunca tantas colaboraciones y muestras de respeto, canciones y más canciones. Y en el centro de todo, Enrique Bunbury. Su voz y sus canciones, su mirada sostenida a la tradición, su puño firme frente al progreso vacuo. Y todo comenzó antes de la llegada del huracán, en el sur, donde todo comienza. El paso cero: Aunque puede parecer un detalle sin importancia, una indiscreción fruto de un análisis superficial, está claro que el concepto de Pequeño, el proyecto más ambicioso hasta la fecha, un disco que sabía que iba provocar sensaciones encontradas en la compañía y en su público, comienza el día que Enrique Bunbury se vuelve dejar crecer el pelo. De tecnoboy bastardo de Ziggy Stardust a primer estadio preRaphaeliano.

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Eso y la salida de Alan Boguslavsky de su banda. Alan estaba inmerso en su proyecto Bogusflow. Alan llevaba con Enrique desde la grabación de Avalancha con Héroes del Silencio y su complicidad había sido absoluta en los últimos años, además de ser parte fundamental en la constitución del sonido de su primera banda solista. Para sustituirlo Bunbury se fija en uno músico lleno de recursos y una trayectoria reconocida dentro de la escena más subterránea de Aragón: Rafa Domínguez. Rafa había estado en grupos seminales de los ochenta junto a su amigo Sergio Algora, como Tras el Francés, pero su guitarra afilada en las grabaciones de INK le habían granjeado un merecido lugar como adelantado del sonido washington en España.Nadie sabía qué se traía Bunbury entre manos, su primer disco solista no había funcionado tan bien como él hubiera deseado y alguno  de los conciertos de la gira le habían dejado un sabor de boca agridulce, el viraje se imponia, pero nadie pensó que fuera a ser así: junto con Rafa  y el resto de los miembros de la banda con la que grabó y giró Radical Sonora, Bunbury entra a grabar las demos de los temas de Pequeño en los estudios 55 de Zaragoza.
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Es el momento de presentarlo a la compañía, también de las dudas, no saben si el público de Bunbury, que había tomado el viraje electrónico con una moderado recelo, iba a aprobar este salto mortal con canciones de lírica sencilla y que pedían arreglos orgánicos muy alejados de la electricidad habitual de su banda madre Héroes del Silencio. Pero Bunbury siempre ha sido un rebelde y no se iba a detener. Era eso o la nada. Y la compañía sabía que Bunbury tenía el toque, la magia que solo tienen los grandes. Para la grabación del disco se elige el Cortijo de Ronda, en Málaga. Es la primeravera de 1999. La banda base incluye a Rafa Domínguez, Copi en pianos y teclados, Del Morán en el bajo y Ramón Gacías como batería y asistente de producción. En aquel estudio, Tomás Mateos el mánager de Bunbury, se lo recomienda, habían grabado los Rodríguez, Joaquín Sabina o Bjorj. Un especial de la desaparecida cadena musical Sol Música nos permitió, con la guía del propio Bunbury, conocer algo de los entresijos de la grabación. Dos momentos rompedores, una sección de metales y una de cuerdas que grabaron arreglos en un buen número de temas y que dieron ese poso majestuoso e intenso, muy en la onda de Scott Walker o Camilo Sesto a los temas de Pequeño. En los créditos, colaboraciones como: Shuarma y Morti, vocalistas de Elefantes y El Fantástico Hombre Bala respectivamente, amigos de la de la escena aragonesa como el saxofonista de Justo Bagüeste (miembro de la banda de Corcobado y líder de IPD con los que Bunbury había girado con Radical Sonora), Jesús López (guitarrista y compositor de bandas como Club Eléctrico o Lágrimas de Mermelada pero que en aquellos momentos estaba con su proyecto Malamente, producido por el sello de Antonio Estación, EDS Sound Division, del que hablaremos más adelante) o la voz de Eva Amaral.Una de las más bellas es esta bulería al modo crooner donde aparece por primera vez la voz de Nuria Clavería, Solo si me perdonas

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Antes de la salida del disco como tal, en septiembre de 1999 aparece el primer single, El extranjero, en un formato que va a repetir con todos los temas promocionales del disco: una cara extraída del LP y unas caras b en forma de versiones o temas inéditos, auténticas golosinas para fans. El extranjero es un tema que no ha envejecido demasiado bien con el tiempo, pero hizo salivar a muchos de sus fans con una vuelta a los orígenes: se había terminado la electrónica y el blues, la copla y, sobre todo, la música mediterránea al modo francés de Francis Cabrel o el italiano Paolo Conte, rancheras y tango. El primer convierto de la gira, la primera vez que Bunbury sube con su material nuevo a los escenarios, es el 17 de septiembre de 1999, en la Sala La Industrial Copeña de Granada, dentro de la Gira  Generación Ñ que coordinaba la SGAE y junto a Bunbury tocan los argentinos Suarez y la mexicana Julieta Venegas. El concierto es retransmitido por Radio 3 y muchos nos pegamos al transistor en aquella época para saber cuál era el nuevo camino en el que Bunbury había decidido transitar: canciones de letras sencillas, emotivas, sin recargas líricas, con un distanciamiento emocional que rompían todo lo que había hecho hasta entonces. Entre las caras B de aquel maxi, la versión en estudio de El Jinete, un tema de José Alfredo Jiménez, que había sido registrada en las sesiones de Radical Sonora y con la que Bunbury terminó su fallido concierto de presentación como solista en el Príncipe Felipe unos años antes. Germinaba una de las malas semillas


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El 27 de septiembre y en formato digipack, con un estupendo diseño de Zona de Obras, aparece el disco. En el Heraldo de Aragón se descubre un pequeño secreto, Bunbury está ensayando a puerta cerrada en la Sala Oasis para preparar un nuevo repertorio que incluye algunos temas de su primer disco solista, temas de Pequeño y como apetitosa sorpresa Apuesta por el rockandroll. El tema de los Mas Birras tuvo el honor de ser el primer y único ajeno que los Héroes del Silencio grabaron nunca. Pero nunca lo tocaron en vivo, excepto en alguna prueba de sonido. Además había rumores de que Bunbury se había comprado sendos trajes, uno blanco y otro rojo en Gazo, una de las tiendas con más solera de la capital aragonesa, así que con ese material, esa estética y la incorporación a la banda base de metales y violines, con Ana Belén Estaje en el violín, Javier Iñigo trompeta y   Javier García en trombón más Luis Miguel Romero, todo tenía muy buena pinta:

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La apuesta sube para sus fans con el anuncio de la fecha de presentación del disco en Zaragoza. Sería el 10 de octubre de 1999 y lo acompañaba en el cartel otro grande de la época, Andrés Calamaro. La entrada mostraba a dos remedos de Dylan frente a frente, gafas oscuras frente a gafas oscuras. Calamaro presentaba Honestidad Brutal, con el gran Guille Martín a al guitarra y abriría el concierto para su amigo Enrique. Aquella noche cristaliza una nueva aristocracia en el rock español, porque el rock español había alcanzado su madurez, los solistas habían perdido el miedo, las canciones eran himnos y todo sonaba auténtico: por allí andaba Loquillo y Gabriel Sopeña entre bastidores, en el Jaime Urrutia. Urrutia, el mítico líder de Gabinete Caligari sube a cantar con Calamaro y luego con Enrique interpretan un clásico de Gabinete Caligari, de la época de Que dios reparta suerte, más dura será la caída, también una primeriza Eva Amaral, a la que Bunbury había producido una de sus primeras maquetas y que había grabado las voces de una de las canciones que se convertirían en básicas de su repertorio: El viento a favor.
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El Príncipe Felipe lleno hasta los topes, para el anecdotario, Andrés Calamaro demasiado extasiado por las circunstancias del momento fue incapaz de subir al escenario para un dueto que por otro lado sí que se produciría en televisión unos días más tarde, el 3 de noviembre (aunque la grabación del mismo se había producido unos días antes del concierto en Zaragoza), en el programa dirigido por Miguel Bosé de la televisión pública española, Séptimo de caballería, se emite un monográfico dedicado a Pequeño. Nuevos temas con la banda al completa y repetición de las colaboraciones del concierto en Zaragoza con el añadido de disfrutar, por fin, de Calamaro y Bunbury interpretando el tango de Luis César Amadori y Enrique Santos Discépolo, que en España, por cierto, ya habían grabado en su momento la banda de Enrique Bartrina, Malevaje. Aquel tango era Confesión y aquel dueto sonaba así:

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En aquella época eran habituales los discos piratas con colaboraciones o directos de Bunbury, muchos de sus fans atesorábamos aquellas golosinas, aunque su calidad sonora dejara en algunas ocasiones, mucho que desear. En las Navidades de aquel año 1999 Bunbury programa una serie de conciertos en la Sala Oásis, en un formato más íntimo. Iba a ser un regalo para su club de fans, pero las entredas se agotaron muy rápido. Corría el rumor de que el sonido de aquella banda, que pronto se bautizaría como El pequeño cabaret ambulante-en referencia, precisamente, a su estancia en la sala situada en la calle Boggiero de la capital aragonesa-era impresionante: un combo perfectamente engrasado y acompañado de violines, percusión y metales. De una fecha pasa a varias e incluso hace un parón para actuar a comienzos del año 2000 en el famoso festival Actual de Logroño para acudir a principios de febrero con sus fans a la sala Oasis. Aún guardo en una de las cajas fuerte del Hotel Margot alguna de aquellas entradas, la del 4 de febrero de 2000

Un tema como este Big Bang del primer disco de Bunbury, abandonado de cualquier ropaje electrónico, se convertía en un tema más propio del sonido filadelfia de los setenta. Aquellos conciertos también tuvieron invitados: Shuarma y Morti que sustituyen a Amaral en los coros de El viento a favor, el reencuentro de dos Héroes del Silenco sobre los escenarios, el batería Pedro Andreu, empuñado la guitarra, repiten una colaboración que se había producido unas semanas antes en México, revisando un tema de la banda de Pedro de entonces, Puravida y el clásico de Héroes del Silencio, Maldito Duende. La armónica que había grabado Pedro Andreu en Pequeño había servido para cerrar algunas heridas, y finalmente el jovencísimo Fernando Frisa, líder de Malamente, la banda por la que apostaba Antonio Estación, amigo íntimo de Bunbury, desde su sello EDS sound division, con él interpreta Apuesta  por el rock androll y un tema de Malamente, Para qué, su primer y único LP

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En aquella Navidad además de la aparición de un nuevo cd-maxi con el tema Infinito, una de las grandes canciones de Bunbury, quizá la mejor de aquel disco, contiene también un tema de Lennon, Whatching the wheels (habitual en zapadas de los héroes en las fiestas postconcierto con amigos), un tema incluido en la banda sonora de la película Shacky Carmine, Nada, dos inéditos y la aportación de Bunbury al disco Aragón territorio Electrónico. Para la crónica rosa recordar que aquella Navidad junto a su pareja de entonces, la periodista Nona Rubio, habían colocado un gran cartel en una de las avenidas principales de la ciudad, felicitando las Navidades al modo de John Lennon y Yoko Ono. El videoclip de Infinito tiene dos versiones, la primera en la que aparecen Shuarma y Morti más el desaparecido músico y periodista Germán Larone y otra, la llamada opción Garibaldi que hemos escuchado ahora, con la colaboración de un mariachi y la presencia de Julieta Venegas con su acordeón.


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El viento a favor aparece como single en Mayo con otra mezcolanza de caras B entre las que destacan una versión a piano y voz del Whobyfire de Leonard Cohen, versiones alternativas de temas conocidos y una improvisación sonora junto a Justo Bagüeste bajo el seudónimo IPD en la gira que compartieron con Manta Ray, en los restos de Radical Sonora. Por si no ha quedado claro es la época más hiperactiva y creativa de Bunbury, recuerda mucho al David Bowie de principios de los setenta, que no solo tenía tiempo para grabar sus propios temas, también para producir a otras bandas, como hiciera el camaleón con Lou Reed o Iggy Pop. En este caso, Bunbury había comenzado la producción del segundo disco de Malamente, pero desavenencias en la banda paralizan el proyecto y Enrique se mete a grabar como productor el disco Azul de Elefantes. A Elefantes los había conocido a través de Morti en un concierto en la desaparecida sala Morrissey de Zaragoza, presentado su irregular primer LP y junto a su banda en labores de producción e instrumentación graban Azul, el primer gran éxito de la banda catalana. El sonido remite ineludiblemente al Mediterráneo donde encuentran su referencia Bunbury y Shuarma e incluye joyas como este:

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Entre otras colaboraciones, Bunbury acompaña al Calamaro más tóxico en las grabación de El Salmón, grabando temas en el estudio portátil del argentino: temas como la Rumba del Perro o All you need is love (que servirán como introducción para Alicia en directo, junto con otras como La estatua del Jardín Botánico de Radio Futura o incluso sobreviviré de Mónica Naranjo), también participa en discos tributo a Serge Gainsbourg, Triana o Rubén Darío que coordina Zona de Obras. Pone la voz en el disco Tatuaje, homenaje a la copla, con el alma en los labios, graba canciones de Radio Futura o Tequila, que se combinan con el EP, El jinete, en el que se recopilan todos las versiones en estudio grabadas por Bunbury hasta la fecha, como este tributo a Triana
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El tema, el Jinete, una banda engrasada, graba en el DF, en el Distrito Federal, el primer disco en directo oficial de su carrera como solista, Pequeño Cabaret Ambulante que aparece el 17 de octubre de 2000. Destacan las versiones de los temas de Radical Sonora empapados de alma soul, como Big Bang, Salomé o Alicia, las versiones clásicas de Confesión o Apuesta por el rockandrol y versiones de Pequeño, como De Mayor, que sirve de anticipo al disco en otro EP previo.Un disco, Pequeño, que supuso un viraje estilístico, un salto al vacío que lo puso contra las cuerdas tanto con su discográfica como con su público habitual, que le hizo abandonar Europa para entregarse a los brazos de América, tanto del norte como del Sur, a sus raíces, que le hizo olvidar las letras ampulosas y componer desde la sencillez de los sentimientos, acompañado, por cierto, en algunos textos por el escritor aragonés Michel Royo...la gira dura hasta finales de 2000 por toda latinoamérica y volviendo a España, tocando en el Grec con Adria Puntí de invitado, parada en julio en Estados Unidos para tocar en Nueva York con Juan Perro... con la llegada del final de 2000 termina el ciclo de Pequeño. Bunbury decide retirarse y, armado de un teclado, una guitarra y un bajo prestado, marcha a la costa dorada para en la soledad del invierno, componer y maquetar el que sería su mejor disco como solista, Flamingos y la conversión de su banda en el Huracán ambulante. Pero esa, esa es otra historia. Pequeño es un disco sin duda para la historia, del que se han cumplido veinte años, hace poco se anunció la reedición del disco con todo lujo de extras (algunos de los que llevan circulando años entre sus fans) pero ya antes había generado un libro, Pequeño (el disco que salvó a Bunbury) una obra muy bien documentada que narra la génesis del LP y que, escrito por Josu Lapresa editó en 2014 Lengua de Trapo...también en libros como el de Pep Blay o Diván, editado por Zona de Obras en el 2000, escrito por Javier Losilla tras una larga conversación con el rockero zaragozano. También muy recientemente ha aparecido Bunbury, el mundo sobre el trapecio, que recoge la época inicial de la carrera en solitario del rockero aragonés, y que muestra algunas de las facetas que hemos tratado de contar en este Hotel Margot de hoy. De aquella gira el que les habla llegó a ver hasta cinco conciertos, cada uno era una fiesta, cada repertorio distinto, en una era de seminal internet los rumores seguían siendo el alimento y las dudas de Bunbury, sus miedos, el mejor combustible para sus canciones.

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