Que de la ceniza uno pueda extraer una
semilla de vida igual que si la lanzas te lleve hasta el fuego y no
deje nada más que muerte. En el poema Gracia dice “Nada existe
hasta que la luz lo dice”. El mundo ahora cambia y es “Nada vive
hasta que la muerte muere”. O se aleja. En Alumbres la luz que se
prende del alcohol tiene algo de falso, es tinta invisible en una
borrachera de gasolina, como un poema que se enciende y se llevará
todo por delante cuando prendas el primer pitillo de la mañana. El
aire como enredadera que busca su hueco entre la enfermedad, buscando
cualquier espacio donde acomodarse. En Cinerario sobrevuela la
confusión entre hombre y árbol como oscuro objeto de mutación de
la ceniza y en Claridad “Sana tu sien de todo sentido” la
electricidad es un alimento purificador que como sucedáneo de soplo
vital imagina una bisagra entre cuerpo y cadáver que haría las
delicias de los monstruos de Villa Diodati. Y es que en Alumbres el
cadáver alcanza la plenitud en la muerte, el trozo del alma no deja
sitio para una alma que sea semilla “Alcanzas el silencio/cuando te
despiertas/en tu cráneo vacío, /cuando tu hueso recibe/su primera
helada”, al acercarte el escalofrío que te recorre al introducir
tus manos en el terruño es magnífico. Escribía Carlos Bousoño “Ha
visto envejecer el rostro humano muy poco a poco,/tan poco a poco que
nadie fijaba su atención distraída/en el menudo pormenor de una
arruga incipiente”. Cuando la muerte es una apicultora y confunde
con su aliento a las almas que se acumulan alrededor del humo y sus
dedos huesudos penetran para atrapar...el qué, ¿la NADA? Y
llevársela golosa a la boca. No, Ángel Gracia no es bucólico es un
chamán que enarbola las Geórgicas y hace de los panales viscosos
surcos para que las almas encuentren líneas telúricas que las guíen
hasta la nueva cosecha.
Alumbre es la vuelta a lo básico, a
esa ceniza-que yo respiro y guardo dentro, como un asbesto que
mortifica y reconforta a la vez-, que contiene la memoria de todo lo
que fue pero es inútil para hacer crecer nada. Las imágenes de
Ángel Gracia son como el instante en el que las larvas eclosionan en
un tejido muerto y arrastran su esperanza, una esperanza desconocida
para todos nosotros “Respiras lluvia y toses tempestades”. Sin
repulsas, simétrico como un campo bien arado, como unos racimos de
luces que la tormenta desperdiga: “Únete a la raíz de los
muertos”.
En la tercera parte llega la muerte y
se ausentan los animales, escribe Carlos Edmundo de Ory “Aguarda en
este hondo valle la llegada de los grandes lobo./Tus únicos testigos
de hambrienta soledad”. El reflejo del folio resuena como el canto
de la sirena, que atrae y asusta al mismo tiempo: “Escribir es
enamorarse del blanco/dejar que la nieve me ciegue”. El poema
Blanco es un monumental texto sobre el acto creativo, un acto donde
coinciden notas moribundas y desiertos ciclópeos, donde la luz de
las estrellas más lejanas y potentes es luz intensa que ilumina,
pero luz que es aliento de una estrella muerta. El alma es un objeto
al que le han arrancado todo lo que era semilla en la hora de la
muerte: “Seré viejo vagar/pasadizo entre planetas”. La paradoja
del árbol que se derrumba en mitad del bosque, un hombre que recita
unos versos en su cabeza, las palabras que son proyectos de poemas en
la mina de un lápiz. No hay poema más puro. Avanzamos en la
aritmética de la muerte ”La proporción necesaria/es que haya
dos vivos para cada muerto”, el cadáver es uno diamante que fue
vidrio barato y tuvo que esperar un millón de años: ¿Qué tendrá
que ver esta noche Nick Cave con lo que leo y escribo? ¿Serán solo
las malas semillas? ¿Será la idea de los cuerpos atrapados como
gemas en lo más profundo del suelo y sus manos y las tuyas que en la
misma dirección buscan encontrarse? En la Santa Compaña no hay
confusión entre vivos y muertos porque son lo mismo y Dios la excusa
para seguir en el negocio: “Dios, confiesa si cada noche/pides
ayuda los muertos/para que el mundo no se acabe”.
¿Quién me iba a decir que tras casi
dos décadas las ubres de Roger Wolfe tan insípidas o los
santuarios de Manuel Vilas repetitivos con la rítmica de repostar
nafta en una gasolinera? Será el silencio de la noche en Ateca, un
silencio de verdad, donde la temperatura de los ríos al mezclarse
susurra una tonada distinta audible incluso para los que arruinamos
nuestros sentidos con las máquinas de música metálica. Termino,
otra vez, con Carlos Bousoño: “Todo está allí, la sombra, el
esplendor del sol entre las ramas/bajas de los cerezos/nuestros pasos
que van por el sendero/junto al seto de moras”. El final, el
comienzo, el canon. Ángel Gracia que completa después de Valhondo
y el Libro de los Ibones, tras Arar, una tetralogía de naturaleza
como trasunto de la existencia humana en un ejercicio el de Alumbres,
donde la muerte, pero también lo que hay antes y la huella que
queda, son el motor y el temor de la vida.
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