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sábado, 19 de diciembre de 2020

Algunas palabras sobre Julio en invierno de Fernando Vallejo Ágreda (Los libros del Mississippi,2020)

 


Un verso que abre el alma al mundo: “Yo/quería recoger en mis ojos toda una vida”. Un silencio después. El amor que escapa, la juventud frente a la madurez, el sentimiento constante en que no hay compartición ni movimiento, vida cruel, como tango en ciudad de Cierzo: qué cruel el tiempo que va más rápido en un cuerpo nuevo que en uno ajado. El amor a distinta velocidad. En su libro, Fernando Vallejo sabe que el vacío se puede atrapar en un poema, que la entropía es una imagen especular que aumenta el sueño y seduce la pesadilla. Así, los síntomas de la enfermedad son un ruido que rompe a la muerte. Escucho y leo, punto y amargo: “un mensajero con gárgaras en las pupilas” y cualquier comparación entre el hombre y el absoluto nos devuelve una derrota inapelable, un salto cualitativo: la Nada que se ha ganado los galones de la mayúscula, el Espacio, la Luz, el Tiempo, la Voz. Las sombras siempre deslumbran: “Todos están en tus labios/nadie te pronuncia. El altar del tiempo”. Los fantasmas son amantes de la oscuridad y allí demuestran que la soledad es un acto de constricción que define el absoluto. “Nunca me he alejado de la muerte./Creo que nadie/Siempre es tarde para empezar a vivir.”. El verso corto, como una epístola entrecortada, un salmo incompleto, donde la voz se impone a la metáfora, la sangre a la imagen manida, la vida como un deseo inacabado: elegir el desastre como quien elige la palabra exacta, seleccionar el amante que se niega como quien señale el lugar vacío donde permanecerá lo que la vida decida dejarle vivir. Por eso “Julio en invierno” es un libro en el que la existencia es un juez en el deporte sacro de la vida que, atada eternamente, se esfuerza por alejarse de la muerte. Como el poeta que se aleja del cuerpo amado, aún confuso, aún esperando una remontada épica: “Muerta por muerte” o la imagen que es la vidriera divina del libro: “Los monos montan a caballo cuando están de vacaciones”. Sexualidad violenta, el cuerpo como un desgarro en el tiempo, como un estocada convenida y deseada: “Abdicar es vencer para siempre”. Como el antídoto que es más veneno que antídoto: “En la muerte se establecerá vuestro turno”, el poeta es parte de una tribu que se engaña, pues, como dice Fernando Vallejo: “Nuestro tiempo no tiene fin”. 'Julio en invierno' es una nueva entrega del electrón libre Vallejo Ágreda, salvaje dandy, elegante y espiritual como un whisky reposado, postrado frente al abalorio terrenal se deja acompañar por las ilustraciones de Federico Contín, que se lanza hacia una mixtura de oscuridad antieuclídea, que pivota entre lo santidad de Antonio Saura, la locura del tinte plúmbeo de Francisco de Goya y el sacrilegio arterial de Lina Vila. Un libro que sacude, que deja marca en el camino nevado que lleva hasta las montañas donde la locura y el amor arden ateridos de deseo, ausentes, desconocidos el uno frente al otro.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Algunas palabras sobre Haga lo que haga en la tierra de Vicente Muñoz Álvarez (Canalla ediciones, 2020)

 


En su último poemario Vicente Muñoz escribe: “como si hubiera/envejecido mil años/en solo unos días/perdido/en mi laberinto”. Vicente Muñoz acaba de editar 'Haga lo que haga en la tierra' con Canalla Ediciones. Son poemas tras la tormenta, un poemario distópico que atrapa lo que le rodea, ahora todo humo y lágrimas y lo convierte en el misterio de la vida. El tiempo, el cambio, la vida como una mutación salvaje que acabará en muerte, la fortuna como un contrincante que juega con los dados cargados: “La solicitud como una condena que asfixia tu corazón”. Jean Grey enamorada del cuervo de Poe, la entropía como brújula para los que quieren perderse con conocimiento de causa, la tripulación que canta, muy borracha, la lista de los capitanes que se perdieron en el camino a Ítaca. Este poemario de Vicente es la carta en la botella, es el mar como esperanza de olvido, el arrecife como sustento de las sirenas. Vicente se sabe tripulante solitario de un navío que hace aguas y, a pesar de todo, achica con la fuerza del amor, de la familia, de los poetas a los que una vez guio: “me pregunto/ esta tarde lluviosa/ de otoño en la Tierra/ cuento las bajas/por pérdidas”. En el libro el poeta sigue vivo porque es otro, el que fue hace mucho que se ha perdido, no mejora, simplemente engaña a la tormenta. Pero su luz es inconfundible: “lo he dado todo/mi corazón al desnudo/latiendo en sus manos/arden los restos”. La segunda parte del libro, Vórtice, es un destilado de versos, microdosis de ácido, restos de veneno, Kafka y Sísifo, Ovidi Montllor y la lluvia de la que se protegían los replicantes en Blade Runner. Tres versos, múltiplos pánicos, drugstores vacíos de amor y llenos de ginebra, mujeres dentro de mujeres. La gasolina de la vida en múltiplos de tres. Tercera es la parte donde uno se ahoga, Aguas profundas. Se abre con una cita de Poe, como antes lo fue Kerouac, santos de un panteón eterno. Un mundo que acelera y un hombre que tiene tatuado el mapa en la dermis, un hombre que suda su vida, que la mece en noches largas que son aviso de jornadas todavía más largas, cuando el zapato es un objeto que es pan y es sal, hombre de ruta, hombre lobo sin luna llena, escritor porque el silencio es la muerte y cantar lo que escribes es señal que sigues vivo: “quién sabe qué espera/en la siguiente estación”. Un fugado de la poesía, un rapsoda de ultramar, un fantasma de motel que sigue mirando la luna esperando su amor no correspondido. Los libros de Vicente Muñoz son cada vez más confesionales, no hay avidez por fama o bulimia del éxito, solo la autenticidad del malabarista, que va y viene, hace amistad con los diablos de cada encrucijada y sabe que le van a perdonar el peaje tras tantos años juntos. El final es, claro, Llegar a puerto. Ahí está todo, Ulises, el país de nunca jamás, las islas Marquesas, el retiro de Rimbaud, la soledad del amante que construyó un palacio para habitarlo solo y ahora no quiere retirarse allí, hogar de ángeles y de proscritos por igual, “como si ninguna otra/hoguera en la Tierra/pudiera iluminarnos/más fuerte”. La ceniza, pariente pobre del fuego, la coda, el remedo del te quiero silenciado: “Nada más puedo pedirle al cielo”.



Algunas palabras sobre Ir al norte de Fernando Sanmartín (Editorial Libros del aire, 2020)

 


Ir al norte de Fernando Sanmartín es un libro donde la búsqueda se confunde con el encuentro. La ciudad es la que elige al poeta porque envidia el cariño con el que trata a otras como ella. El pasado es sepia y en las fotografías hay tabaco y colores sepia y unos pocos coches aparcados junto a la playa en los veranos de los setenta con una matrícula que pone CH, como una promesa de remanso y dulzura de relojes. El poeta que está sediento desde el primer poema y seguirá así hasta el final del libro: “Una promesa es desnudarse cuando ya no hay ropa”. El dinero falso hecho de trapos, las planchas del hotel, mandar a Última Thule un vinilo que entre sus surcos estén grabadas las medidas del hombre perfecto, medidas que cuentan sílabas como en los poemas de los libros. El poeta Sanmartín es poeta del silencio, porque el sonido en el espacio es solo eso, una mentira de la ciencia podrida, el sonido siempre interrumpe, sobre esa interrupción se define, el sonido no adivina ni se esconde, así que prefieres el silencio. Poeta que elige silencio y noche, disfraz conocido para un Carnaval perpetuo. El uno de enero es el falso comienzo, el uno de septiembre, sosias, que mezcla ilusión y terror. Una ciencia inexacta es esa que habla del comienzo. ¿Cuándo comienza el amor, con el primer beso o la primera mirada con respuesta es ya aniversario? Sanmartín es joven y sueña con uno monstruo al que opositar. Es la niebla de Sofía una pista del lugar donde ocultarse, es el hogar de aquel Kleinman kafkiano que entre sombras buscaba amor y compasión. Sanmartín nace con el Ebro y comparte armas con su amigo muerto, un ángel que hablaba de pistolas, pero amaba las piscinas. Sofía, vuelvo a Sofía porque es nombre de mujer, como lo es Praga y Budapest, como son todas las mujeres que ocultaban su belleza tras el telón y ahora florecen entre desconocidos que las pasean, Sofía está invitada al baile de la muerte, es una más en la crisis entomológica que nació en Praga y se extendió con la delicadeza de la larva por todo el organismo. Sanmartín ha destapado en 'Ir al norte' un vino de buena cosecha, sentencias contundentes que demuestran su dominio de todos los registros líricos: Dios es un vagabundo, el Rey de la Atlántida caminando por las calles de Babilonia con una barba larga, olvidada su sangre azul o verde o amarilla, hasta que la Johny Storm lo hace recordar. Escuchen el verso: “Soy el que no diferencia/las razones de la sed”, ahora mismo la poesía es un ente sediento al que no sacia ningún verso o si lo hace vuelve la sed con más angustia que antes. Sanmartín acumula retazos y recuerdos, colecciona fotografías en los lotes del Rastro y se declara: “Soy un horizonte reparado”.



En la segunda parte de libro los viajes siguen presentes pero los versos tienen una delgadez casi enfermiza, personajes del Transiberiano, lugares lejanos, extremos desconocidos, el comienzo y el final: “Cuando sabe que en un día cabe toda la vida”. Como un ente divino, como semilla de deidad, tiene el poeta el poder de conservar la extenuación, ser el viajero que agota los viajes, los lugares que visita, atrapados, colecciona las derrotas en combate singular con las ciudades como trofeos. En uno de los poemas Fernando Sanmartín habla de los suicidas descalzos, la sutileza del álgebra como ciencia de lo desconocido. El álgebra es el arte del rompecabezas, la matemática que encaja y da sentido a las bases y los sistemas generadores. Sanmartín se detiene en los ángulos rectos de la existencia y allí encuentra el descanso que no le dan los zocos. ¿Será la muerte la incógnita que cierra la ecuación de la vida?: “La verdad es un rostro sin afueras”. Entre el Álvaro Valverde de 'Más allá Tánger' y el Aute que busca en el cielo protección, el tiempo de Sanmartín colecciona noches de nieve, esas en las que el niño duerme con la esperanza de no tener escuela al día siguiente. La muerte del tiempo es el instante en el que todo se detiene, temblor y desencaje, mecánicas básicas sin mecánicos, mecanismos terrestres, mecanismos únicos que se expanden como una mancha de aceite desde la aldea de los fermiones hasta el pozo misterioso del agujero negro. Sobre lo que niño no pueda entender que ningún dios ejerza cátedra. Quizá el mejor poema o el poema sobre el que se sostiene el libro.


Pero Sanmartín vuelve a la humedad de Venecia, engaña a París con su desprecio puntual, emerge en la medianoche, es un eremita que ha conocido suficientes incendios como para no evitar las cenizas que deja la lubricidad a su paso. Poeta cautivo, poeta que se deja viajar por encima, que se encuentra y que alimenta a las llaves con su propio cuerpo. Poeta que permite que sea el veneno quien decida qué mar asesinar, qué lejía, qué amoníaco, qué purificación química haga de los versos un blanco donde volver a empezar.

sábado, 13 de junio de 2020

Algunas palabras sobre Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones de Ángel Guinda (Olifante, 2020)


LOS DESLUMBRAMIENTOS SEGUIDO DE RECAPITULACIONES. GUINDA CASALES ...


La foto con la que se abre el libro es un poema más, un poema visual, un Guinda atemporal, delgado y elegante, su corbata como una declaración de intenciones, se adivina bermellón en el blanco y negro. Abre Los deslumbramientos salvaje y sin domar, con los dientes poseídos después de morder la vida: “¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!”. Guinda, la insólita luz, el existir insolente, el espejo frente a las variaciones de Guillermo Carnero. El libro de Guinda incide sobre los temas que llevan obsesionando al poeta toda la vida, escribir de la muerte como inevitable gasolina trucada de nuestra existencia, el mañana trufado de inquietud “La noche se descuelga/como un cuadro frío sin enmarcar”, la oscuridad y la sed, la sed como un apetito incontrolable: “Bebo una copa de infinito”.Guinda es un poeta que ha jugado en sus últimos libros con la palabra, como si de un alquimista se tratara, encontrando en su interior la manera de trasmutarlas pero dejando imágenes poderosas salpicando sus versos: “(los dedos del sol no se cortan las uñas)”. Avispas, gatos, gorriones y quimeras, también la cabeza como lecho final de las miserias, las glorias, la cabeza como continente de la locura, es Ángel Guinda un hombre que se ahoga por respirar con voracidad, como si al hacerlo quisiera atrapar recuerdos y momentos (“y el aire, ebrio, grita con herventar de tiempo").La electricidad de Guinda no se ha terminado, solamente el metal por el que circula es más puro, la chispa es breve, pero intensa. El camino conocido, que no transitado: son Recapitulaciones, la segunda parte del texto, una serie de poemas que se acercan a la salmodia, al Cohen de La energía de los esclavos o el Bousoño de Las monedas contra la losa, son un mensaje sí mismo en 2020, una recapitulación penúltima: “Lo que dicen los muertos repica en el calvario de los muertos”, un poeta que siempre ha sido joven menos cuando lo era de verdad: “Cuando sonó el sol vi lágrimas de hielo en las yemas de mis dedos”, un poeta que siempre ha peleado con el muerto que lo habita, un poeta inmortal.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Algunas palabras sobre Pistas forestales de Christian Peribáñez (Anorak Ediciones, 2017)

Pistas forestales (Amo los lunes): Amazon.es: Peribáñez Baiges ...


Christian comienza a nadar por un bosque lleno de olvidos. Es un aliado la memoria para perdonar a los que son insultantemente jóvenes, el primero Kavafis, “Porque solo es así posible que todos/se borren de la memoria en absoluta perfección”. Peribáñez sentado en un taburete de un bar goyesco, tiene algo de dinero en sus manos y toma café y de sus manos caen poemas y sensualidad no conocida hasta ahora, “Dejar que regrese un revuelto de buitres/como adorno inútil o droga consentida”. Sus imágenes nos llevan a Julio Antonio Gómez en plena madrugada de telegramas y habitaciones pagadas en peseta, porque hay Zaragoza en las palabras de Peribáñez, “Callo y mi silencio apesta a lejía”. Limpiando la memoria, haciendo la guerra con el pasado, la piel que uno muda puede parecer mejor o peor, pero ya para siempre está perdida “Apenas me dura en la sangre/un beso de insecticida”. La belleza que trae una ausencia, en un gesto mínimo, dando validez a un libro: “Ahora compro un imán menos en los viajes”. De la generación de los zalameros, los de los pies y manos grandes, los que envolvíamos con tono monacal nuestra rabia hasta que llegaba la explosión, “solo conocimos la guerra en las noticias/y robamos munición a las luciérnagas”. Aumenta el paso del tiempo como si le dieras cuerda, yo que escribo esto te acompaño en el ritmo y también voy hacia atrás para no encontrarme o para ser el que era, pero distinto, interino: “La juventud que entonces aspiramos ya no/nos dispara. Al menos no nos alcanza.” Buscamos delgadez y otros buscan carne. Al final es inquietud ante lo que nos ata a la tierra y nos desata de otros cuerpos, de los de una madre, una abuela. Si no conociste el amor en los noventa, “Para el arco de seguridad somos cromos repetidos”, Goliat, Gulliver, el Golem. Tres G, éramos jóvenes y podríamos haber escrito cartas, porque no había móviles. Podríamos pero nunca lo hicimos, éramos perezosos o no teníamos sellos...ahora en cada poema hay una botella que lanzas a un mar seco y desconocido “Me pregunto si comprarás periódicos los domingos/y si tu hechizo no ocultará espino o tendrá fecha en la tapa”. Ahora, “que definimos a un hombre por sus costuras” descubrimos que no sabemos si esta vida usa dado o carta más alta o está todo cargado de trampas, “En mi cama/donde se escondieron los primeros cristianos”, como si una confesión a tiempo fuera menos confesión y más excusa.

domingo, 10 de mayo de 2020

Unas palabras sobre Escalinata de Sebas Puente Letamendi (Baile del Sol,2017)


ESCALINATA: Amazon.es: Puente Letamendi, Sebas: Libros

¿Qué hay en los peldaños de este libro? ¿Quién espera arriba? ¿Quién se ha quedado en la parte de abajo? Los versos de Sebas Puente son el resultado de un cincel robusto que juega al despiste, eliminando broza y buscando el laberinto en el inexperto que se acerca al libro silbando “Introduciendo un vacío impecable/en los bronces y las conversaciones”, como el Cohen de Tower of song, el salmo apócrifo y urbano reluce como una pepita de oro: “Cómo podéis dormir tranquilos/cuando es el cielo/lo que esperáis”. Como un ángel de Handke y un desesperado forajido de Sam Shepard, Sebas captura “Alguien tendrá que hacerse cargo/de nuestras próximas apariciones” y devuelve el gris aletear de los pájaros sin nombre y los monstruos que se esconden bajo los puentes, ministerios vacíos, ciudades vacías, cuerpos vacíos “Abandonamos nuestras habitaciones/para buscar un espacio nuevo/desde el que observar sin ser vistos”. Una espiral se convierte en una cinta de Moebius donde se confunden principio y final: “Las palabras y la vida/no hacen contacto, fallan”. Entre las cúpulas y las figuras, entre el pan dorado y las columnas que rascadas arrojan el poco gusto del policromado, como si la visita fuera a Astaroth “Varias estatuas que custodiaban/la entrada principal de la ciudad/han sido abiertas siguiendo el surco/de sus principales vetas”. El alcohol y el viaje, las estampas de Hopper, terminales de autobús y tren, la huida como un empate con la vida: “Puede que consideremos una retirada a tiempo; /puede que, después de todo, conquistemos/una apurada victoria”. Sebas ahonda en la sociedad de fantasmas, en la vida de los ausentes, hay una compañía invisible con la que compartir alivios momentáneos: Una mujer, un amigo, las palabras: “En los días de asuntos propios/dejamos que el ambiente se enturbie/y bebemos a conciencia, /pagando, cuando hace falta,/precios desorbitados”, esa compañía sobrevuela el libro, lo hace cercano, alimenta: “Porque desde hace meses,/nos movemos en silencio por la casa y asentimos/ante cualquier pregunta”. No hay sed suficiente para todo lo que falta por celebrar, sea un espejo, Man Ray o Cadaqués.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Unas palabras sobre La mala raza de Nacho Escuín (Editorial Bala Perdida, 2019)

La mala raza – Bala Perdida Editorial




Cuando no ha pasado ni un año pero todo tiene pinta de más viejo, de antes de...escribe Nacho Escuín en su vuelta a la poesía, como si de un traje que vuelto a poner tras un tiempo te queda mejor incluso que antes, “a lo lejos el mar también se destruye”, porque la destrucción y el cainismo es parte de este libro. Una cita de Roger Wolfe que abre el texto, el hombre que se asesinaba en los transportes públicos, y también una cita de Supersubmarina. Escuín ha decido que usará los colores que decida, mezclando fuera de canon, cogiendo de la moda lo que para él es tradición. “No estar en ninguna parte/y en todas la vez/da perspectiva” es un verso inequívoco de los años como político que han pasado en la vida del poeta. Un poeta político o un intelectual que trabajó para el pueblo, las definiciones valen casi todas, pero “La mala raza” no es un libro político ni esta una columna de opinión. Aquí hay belleza y la bilocación, aunque sea de cuerpo y alma, es algo con lo que viven los poetas de este siglo y del pasado. Me viene a la cabeza Vicente Muñoz como un beatnik del calzado o los poetas-profesores que dejan que sus asignaturas se introduzcan en sus versos como curiosos estudiantes. El café y la ciudad. Dos temas clásicos en Escuín. Las fotos de las paellas y la prensa que solo eran el descanso del guerrero, “quiero irme de aquí/pero nunca me fui del todo”. Conocer al poeta hace que uno se sienta más cómodo en sus versos “Y luego está la valentía del que dejó de fumar para que yo la olvidara”. Recuerdo la casa junto a la Romareda, estar sin tabaco y fumarme un pitillo que ya estaba un poco pasado pero que te sabía a gloria. La guerra por la palabra, por lo que es verdad y no importa, porque lo que importa es lo que quieras escuchar, es bueno tener que obligarse a una lectura segunda, escapar del ruido blanco que lo entorpece todo. Este libro de Escuín es un libro escrito bajo un bombardeo, cuando ya no quedan parapetos y los folios son la última de las protecciones. La segunda parte, Portfolio, es un ejercicio de retratos y espejos, no sabemos si hay realidad o es estándar, no importa, todos podemos tener una esquirla de “La muchacha de la noche” o de “El hombre con los ojos tapados” en nuestra propia manera de andar, generaciones que no se dejaron marcar por las obsesiones de sus padres, Berlín, Brexit, el ayer y el mañana, “Todo está en la infancia”-vuelve Vicente Muñoz porque Vicente nos alimentó en los tiempos oscuros después de las revueltas-, esas lecturas en bares que ahora parecen un poco ridículas pero que nos acercaban a las estrellas del rock. “La presión de leer un poema como si en él se terminase el mundo”, Calamaro, Paco Umbral, los restos de un amor puntual y sus cenizas moradas que sobre el oficialismo se niegan a ser recordadas.

Un punto y aparte. Una vuelta al atril y las botellas de agua mineral del tiempo, el idioma de la ginebra se apaga y es más difícil levantarse a las siete para ir a trabajar que llegar a casa con los huesos impregnados en absenta.

viernes, 10 de abril de 2020

Unas palabras sobre Poema de miedo, esperanza y felicidad en veintiséis partes de David Mayor (4 de agosto, 2019)


A veces uno se sienta frente al teclado por obligación. Por vencer la pereza. No había pereza, había miedo. Mi amigo Enrique me regaló este libro y las semanas fueron pasando entre angustia y esperas, entre pandemias y kilómetros. Hoy respiro y, aunque la química ayuda, tienes que ponerte en marcha. Seleccioné de la pila que nunca desciende unos cuantos, sabiendo que el de poesía iba a ser el que más costara leer, el que pidiera una y otra vez darle vueltas, doblar las hojas por abajo cuando un verso te impactara o un poema te marcara, doblando las hojas por arriba para seguir leyendo al día siguiente. Sin capítulos no hay orden. David Mayor publicó en el número 222 de Planeta Clandestino Poema de miedo, esperanza y felicidad en veintiséis partes. David escribe poco porque lee mucho. Pero cuando lo hace las tijeras son el abordaje de su poesía, como en aquel cartonero de David Giménez, minúsculo y polisémico. Aquella novela que era un poemario. David Mayor es un miembro de la familia Summers y presentó una vez con los zapatos de su padre. Cuando leo a David en este libro vuelvo a Julio Verne. David escribe Jules porque sabe de lo que habla -o escribe-. Yo pienso en el filósofo que lleva sus americanas a la tintorería con el cambio de temporada y espera encontrarse algún billete de veinte euros con el que pagar una ronda. El libro de David tiene algo de mapa del tesoro, de contrabando de té -hay mucho té en el libro, como un recuerdo a las compañías que surcaban el camino de las Indias-, aunque también, con las personas de verbo, podría trasladarnos a la Manila de Gil de Biedma, cambiando la bolsita por el tabaco. 



Un libro que atrapa los versos que sobrevuelan, que habla de la persona que uno no es o de la persona en la que uno ve que se ha convertido (“desde el lugar extraño que siempre es/vivir dos veces: tarde y temprano.”), hay un guiño rockero a cuando la vída era marrón y circulaba con la parsimonia de la resina a través de un canal de blues en Epitalamio (“Que tirar de las sábanas es tan antiguo como el mundo”), vuelvo a la locura de Janni Dakkar que recorre los fondos submarinos como si fueran montañas de locura (“El mar tiene laberintos dentro/que recuerdan el fracaso de los hombres”) y esa ondina que alimentó a la vez a Servando Carvallar e hizo callar a Antonio Luque (“El río trae el ruido de alguien/que llama a alguien”). David corrige y usa lápiz de punta afilada, mezcla el rojo con el negro, el tapiz con el que sueña se deshace cada vez que despierta y contempla la utopía también deshecha. Caminando como un poeta sin trabajo en un mundo steampunk (“Llueve como solo llueve en la literatura fantástica”), como si el último rapsoda fuera Paolo Bacigalupi y el amor y los poemas se midieran con créditos de la República -la de Palpatine, no se confundan-, y el arte un recuerdo que se conservara en los únicos museos permitidos, los de antropología (“vivir sabiéndol/debería ser el estado de las cosas”). Jean Luc Godard en Todo va bien, el cuaderno donde se conserva el amor antes de que arda. Un libro, este de David Mayor, que avisa de la distopía, que nos ayudará a salir de ella. Manual de instrucciones para un juego que solo habíamos visto en las estanterías.

Gracias al poeta y amigo Enrique Cebrián que me regaló este libro (todavía te debo uno)

miércoles, 18 de febrero de 2015

Espíritu de Margot s06e18: David Giménez Alonso

David Giménez Alonso: poeta, narrador, agitador cultural, comisario en EnLatamus, combinados y poesía en el Imperdible, solista, aficionado a los tríos musicales, coordinador de festivales y encuentros literarios, amante del Río de la Plata, performer cercano a a la patafísica...sobre todo buena persona. Presentaba el Barbero de Hitler en Espíritu de Margot de Comunidad Sonora. Hablamos de Montevideo, de Mauricio Aznar, de los libros de tarde y mañana, de Goran Bregovic...y escuchamos a Devendra Banhart, Golpes Bajos, Mas Birras, El Cuarteto de Nos y Mestizos. 

sábado, 19 de octubre de 2013

Espíritu de Margot 5x06: Sergio Algora, los primeros tiempos (2ºParte)



Tras el francés: nace a principios de 1988 y muere a finales de 1991. Graban tres maquetas y junto a Sergio Algora están Javier Castaneda en teclados y programaciones y Rafa Domínguez en el bajo y las programaciones. Uno de sus miembros originales José Ramón Tenas escribe:

Cuando llegamos a la sala M-Tro,vi al grupo que compartìa cartel con nosotros.No recuerdo su nombre,pero era uno de esos "rockabilleros" maqueados todos de arriba a abajo,tanto que no hacìa alta escuchar ni una sola nota para saber que tipo de mùsica iban a interpretar o que versiones harían.Ya en el escenario, Javier y yo nos pusimos a nuestros precarios sintes y cajas de ritmos,dispuestos a tocar los 5 ó 6 temas que habíamos preparado 4 días antes, más un par que hacíamos en grupos anteriores.Ante nuestro exiguo repertorio,Sergio espetò al público: ahora en atención a vosotros (la mayoría del respetable había acudido a ver a los rockabillys)

voy a cantar una de Elvis, In the ghetto.
Sergio se volvío hacia nosotros y nos dijo: meted todo el ruido que podais.

Estuvimos un buen rato aporreando los teclados,hasta que nos cansamos y sergio canto para finalizar: in the ghettoooouu.
Se oyeron algunos "Hijos de puta" "Os vamos a meter el microfono por el culo" "Mamones". Memorable.


Las iluminaciones de Algora con unos teclados frenéticos, ácidos, Alan Vega y la lírica de Leopoldo María Panero...todo se juntaba en aquel proyecto, Tras el francés. Poco después de la última maqueta de Tras el Frances, a comienzos de los años 90, Algora se junta con Vinadé, Mario Quesada y Andrés Perruca y junto a José Ramón Tenas encarnan la primera formación de El Niño Gusano. Antes de la aparición del Palencia EP, la primera referencia con Grabaciones en el Mar, publican una cassette grabada en el Laboratorio de Sonido en el año 1993 y que contiene cuatro temas.


De nada vale aquí el talento.
Larval callo del silencio
en el segundo ojo aún cerrado.
La pezuña del que pía en el útero
continúa para ser mano de niño,
en un peldaño vertebrado
algo se extiende.
El cráneo en formación se endurece
en un segundo la boca gruñe
encapsulada tras el coño
y la madre se acaricia
el abultado vientre
mientras un antebrazo flota
en la espesa pasta lechosa.


El poema se llama Útero y aparecía en Paulus e Irene (Olifante 1998)

La primera vez que oí hablar de Cangrejus fue a través del poeta Jesús Jiménez, amigo íntimo de Sergio Algora desde los años del instituto. Me contó que Sergio había montado un proyecto paralelo en el que había tocado con Antuan Duanel (que estuvo en bandas como El Submarino Amarillo o Electrocugat) y Miguel Irureta (que tocó en bandas como Dream Lovers y ahora mismo en Big City) y que era un proyecto abierto en el que también estuvieron Rafa Domínguez y Paco Lahiguera...Cangrejus era el nombre de una marca de jerseys que Paco Martínez Soria vendía en una de sus películas. Canciones cortas, bucólicas, muy en la onda lírica de lo que sería su obra de teatro La lengua del bosque...

Hemos visto que por aquellas bandas pasaron nombres míticos de la música aragonesa de los ochenta y noventa: Paco Lahiguera, Rafa Domínguez o José Ramón Tenas (al que hay que agradecerle que haya conservado, digitalizado y compartido mucho de este material), así como a José Carlos Borja que además de tocar con Sergio lleva el maravilloso blog que nos sirve muchas veces de sustento. También, como he dicho, gracias a Jesús Jiménez por los consejos, materiales y recuerdos: de Índice de Cuba a Cangrejus, El primer Niño Gusano, Tras el francés o el proyecto Póstumo Oh Capital.



Recuerdo ver con emoción a las Lágrimas de Mermelada en la sala M-tro (luego Chencho y yo nos hicimos amigos y compartimos ácidos). Recuerdo muchos grupos, fiestas, conciertos y novias. Pero no recuerdo especialmenteo con emotividad ninguna canción de los grupos aragoneses de entonces. Así que creo que todos merecimos pasar a la hermosa categoría de desaparecidos. O a la de Fantasmas. O a la de Cádaveres poco exquisitos”.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Espíritu Margot 5x03: Poesía en el rock

Hemos leído un fragmento, el correspondiente al año 1994, del texto que escribe Jose Lapuente, cantante y letrista de Proscritos, en su aportación al libro Poesía en el rock del año 1994. Esta noche hablaremos de aquel libro, un rara avis, editado en la colección de poesía de Drume Negrita junto al bar Interferencias y que recogía parte del buen hacer como poetas del rock de gente como el mismo Lapuente. Esta es la noche de la poesía y el rock


En aquella época Amaral no era demasiado conocida, pero ya se veía que su futuro como letrista y compositora iba a ser notable. El ambiente más rockero de la ciudad se juntaba en el bar Interferencias bajo la protección de un mito de la noche zaragozana, Jesús María Petit, que firma el prólogo, realiza una serie de conciertos acústicos donde la literatura y la poesía son muy importante. Y después dentro de la colección drume negrita, una antología de aquellos textos. En aquel libro aparecían algunas de las bandas y compositores más importantes de comienzos de los noventa en Aragón: Cuti, Mariano Chueca de Distrito 14, por supuesto Gabriel Sopeña...gente como Al son del sur...una selección ecléctica para un libro raro...de Gabriel, además de poemas y cartas, aparecía este clásico que Sopeña grabó con el Frente y que Loquillo llevó a su terreno en aquel momento mágico que fue La vida por delante...Cantores



No podía faltar la lírica velvetiana...la pluma de Jesús López, en todas sus bandas: Lágrimas de mermelada, Club Eléctrico en los noventa, como compositor de Malamente o sus últimas encarnaciones al frente de El Galgo Rebelde siempre han sido tóxicas, intensas...en aquel momento, Jesús publicaba una serie de maquetas con su proyecto Club Eléctrico, uno de los combos más interesantes de la música aragonesa de los noventa y en aquel libro aparecía la letra de Sótanos del cielo y por supuesto, de aquel seminal Silvia, que había grabado con Lágrimas de mermelada en el recopilatorio Sangre española:

Y no solo había representación aragonesa en los textos de aquel Poesía en el rock, también habia gente de fuera: Aurora Beltrán de Tahures Zurdos (siempre muy relacionada con la escena aragonesa por su amistada con Gabriel Sopeña y Jose Lapuente) y un gran maldito al que aprovechamos este momento para reivindicar: Javier Baró. Baró, compositor y cantante al frente de bandas míticas como Primavera negra y los Tormentos. Baró fue el productor de Proscritos en sus primeras grabaciones en el recopilatorio Sangre española (imagino que al ser Baró de Lérida y los Proscritos de Binéfar el intercambio era frecuente), Baró en aquel año 1994 acaba de publicar su primer disco en solitario, Blues de las muescas y sus textos aparecen en el libro, junto a un largo poema...si te parece bien, y puesto que este verano he encontrado un single de Primavera negra rebuscando en las viejas cubetas, Ciudad tambor, lo vamos a escuchar...


Un libro irrepetible, para una época irrepetible...era rock, era poesía beatnik, era el comienzo de los años noventa y todo el mundo quería arrasar con los ochenta, asimilar los conocimientos adquiridos y saltar hacia delante...Héroes del Silencio, las Novias o Niños del Brasil publicaban sus trabajos en la parte más oscura de la ciudad y un joven Sergio Algora junto a su compinche Vinadé, preparaban el viaje de psicodelia y humor que iba definir la independencia en Aragón al frente de El Niño Gusano...también estaba el mestizaje desde Huesca, el final de los Mestizos de Javierre, el advenimiento del hiphop y la electrónica...mil cosas en una región que comenzaba a vivir su década maravillosa y que este libro, del que este año se cumplen veinte años iba a registrar un fragmento, un instante de esa época. Nos despedimos con uno de los textos que aparecía del bilbilitano Ángel Petisme, uno de los más notables poetas y compositores de la región, que aportaba Los nadadores, una de sus más bellas canciones, que había aparecido en su LP Turistas en el paraíso del año 1992, una toma en directo de Los nadadores...