
Las fotografías del concierto son de Carlos Mata.
Esto es un proyecto de diccionario de grupos aragoneses de todas las épocas y estilos (sobre todo pop y rock). Es un proyecto de Octavio Gómez Milián.



Desde Comunidad Sonora, Alberto Guardiola y un servidor, quisimos rendir homenaje a la figura de Félix Romeo y, aunque sus conocimientos y referencias fueran inabarcables, glosar su trayectoria relacionada con el pop aragonés, con la música en general. Así escuchamos temas de Franco Battiato, Las Novias, Domador revisando a Club Eléctrico y el cierre con Enrique Bunbury y "El Boxeador". Unas pinceladas para recordar el amor de Félix por la electricidad y el buen rockandroll. Espero que os guste.
(a partir del minuto 20 más o menos)


El primer single, Hacia lo salvaje, juega con el tono profético que acompaña a las mejores composiciones mercuriales de la banda aragonesa, aquellas que hablan de la lluvia pesada que ácida está a punto de caer sobre nuestros hombros. Las guitarras guturales con las que se abre Antártida, fermentando electricidad, son de lo mejor del disco, amasando un muro de espejos acompasado con una de las mejores y más inquietantes letras del disco. Imaginad al vampiro John Cale, tambaleándose sobre los reflejos del hielo mientras trata de recordar la línea de bajo y haced caso a Amaral, id hacia la luz. Acústicas gruesas para Si las calles pudieran hablar, un tema que comienza mirando a los ojos al Dylan converso para terminar recordándote aquel verso "si la ves dile que me acuerdo cada día de ella". Una de las mejores frases del disco está dentro de este tema: "el enigma de un árbol caído en completa soledad". La trepidante Esperando un resplandor sufre el lastre de un texto demasiado plano, algo semejante al demasiado manido ideario del Robin Hood moderno. Tras este breve bache vuelven los mejores Amaral, aquellos que creaban estampas breves de cotidianidad, desde Buenos Aires al Sacromonte, en la magnífica Riazor, una de esas canciones compuestas para poder vivir dentro de ella para siempre. El alimento del recuerdo como combustible para el mañana. El fraseo de Eva emociona una vez más. El comienzo eterno de Montaña Rusa y los teclados surgidos del bosque donde sigue viviendo Robert Smith, la canción amaga el arreglo perfecto y vuelve a mostrarnos un resplandor confesional. La coheniana Olvido funciona a nivel de salmodia y remanso. Cuando una canción de Amaral tiene las guitarras de Cuando suba la marea uno sabe que las cosas siguen funcionando, como una cajita de música abierta a los ojos del mundo, lo sencillo culmina con uno de esos estribillos redondos marca de la casa. Las punzantes seis cuerdas de Como un martillo en la pared vuelven a ser el compañero ideal para uno de las mejores letras del disco, épica sin resultar excesiva, perfecto puzzle entre melodía y palabras. El cierre del disco con la fuerza de Hoy es el principio del final, perfecta para corearse en directo y el bis con Van como locos, a través de las líneas magnéticas de la Tierra, una guía para masticar el mañana.
Este nuevo disco de Amaral, pulido hasta el último detalle en arreglos y grabación, es, como en toda la trayectoria de la banda zaragozana, un disco notable. Algunos textos que manejan en exceso los lugares comunes y la falta de esa chispa de cercanía de otras ocasiones, quizá arrastrada por el tono épico de la instrumentación, sería la única pega para este Hacia lo salvaje.
Por fin ve la luz la primera grabación de uno de los mejores combos en directo que se han podido ver últimamente sobre las tablas aragonesas. Liderados por la voz sobrada del contundente Rafael Sanemeterio, La chica del club es una colección de temas donde el calor del blues se enrosca a través de un saxo sabroso con los lugares clásicos de la música de raíces, boogie, rockandroll y macarreo en grandes cantidades. Temas como Ella nos devuelven a los Mas Birras más lúdicos, escuchando La chica del club no podemos obviar la influencia de los Burning, aunque el juego de las voces le da siempre un extra a los arreglos, que se mueven entre solistas de regusto clásico y ritmos básicos pero muy efectivos, canciones engrasadas a base de distintos licores, desde los fermentados a los destilados, para volver a los Rebeldes de la mejor época, por ejemplo en Sin miedo. Temas para ser tocados en directo, al ritmo trepidante de los botellines sobre los parches, mientras una armónica magnífica se eleva para sorpresa de todos. El momento espacial (porque lo de marciano ya lo dice el título) es el delirante Marcianos en Casetas, una jugosa jam de salvajismo. Aunque si hay un tema que destaca sobre los demás, ese es La última chica de la ciudad, donde la voz de Clara Téllez hace su aparición en un magnífico medio tiempo con sabor a bares cerrados y últimas oportunidades. Una tonelada tras otra, hasta sumar dieciséis.
Los que nos quedamos esperamos que alguna vez pase el dolor. No hay olvido que valga contigo, amigo. A los que nos quedamos sólo nos queda buscar tu reflejo en la silla vacía cuando nos juntamos.
A mi amigo Sergio Algora lo recuerdo con un saco de dormir al hombro en un concierto de los Sullivans, bajando las escaleras de un hotel de Cuenca en busca de líquido para las lentillas, pidiéndome películas de zombies para ver con Maribel en Alicante. O sentados en el Pascualillo con Ángel, recién comidos, cocido (y Ángel diciendo “claro, hoy es jueves”), dedicándole a mi hermana Salu “Mujeres y días” en el Meeting Pop de Graus, después de que nos hubieras conseguido un sacacorchos (pero esa, sin duda, es otra historia). También un jueves en la Morrissey, cuando se nos acercó Luis y ya no volví a separarme de él, la noche que te llevaste mis discos para pinchar y apareciste sin ellos de madrugada y nos pasamos el fin de semana tratando de reconstruir tus pasos. Verte preparando espárragos trigueros con foie en casa de Gabi, la larguísima entrevista que te hice cuando habías sacado “A los hombres de buena voluntad”, que no era más que una excusa para disfrutar del champán del Portolés, cenando en el Europeo antes de una sesión mano a mano en el Candy Warhol, riéndonos de las detenciones de Fernando Arbex (con todo el respeto para un grande), el día que estuvimos en casa de mis padres corrigiendo, aquel restaurante de Mariano Barbasán, con Fernando, donde nunca tenían los platos que prometían, encontrarme con la letra manuscrita de “El hombre que perdió los papeles” el día de la mudanza de la casa donde pasamos juntos unos meses. Salir de la Fonda La Peña el día de tu entierro camino del concierto de Peret, hablar con Jesús de cómo te nos aparecías en sueños para aliviar nuestra tristeza, un aperitivo con Luis, Irene, Francho y Bárbara en la Plaza Santa Cruz, aguantando el llanto con el dique que nos daba el recuerdo de tu sonrisa, la complicidad con Rogelio cuando se pasa por alguna pinchada en el Bacharach. La llamada de Enrique, preguntándome si quería volver a ponerme delante de tus platos. Esperar, que como en la canción, aparecieras cada noche por la puerta, que estuvieras de parranda.
Los que nos quedamos, sabemos de tu habilidad en las seis cuerdas de la vida, con el porte seco de un supervivente de las flores muertas, perfil de Ron Wood y corazón de Keith Richards. Desde las grutas de Malasaña hasta las esquinas azuladas de la ZiudaZ (allí donde la Mahou era una sorpresa agradable para la garganta sedienta). Yo te vi ahí arriba, con una camiseta lésbica en el show de Chango, ofreciéndole marrón a Ariel Rot y después, “Mucho mejor”, ataviado de corsario junto a Urrutia, soportando al mito como la mejor solista que jamás soñaron los que se cubrieron con la piel troglodita. Pero también en el Café Artistas, reventando mi alma con canciones de Los Enemigos, con el Oso de Moris en un garito de la calle Bolonia, en una foto en la parte de atrás del número 2 de Confesiones de Margot. Era un crío y escuchaba desde la casa de mis padres el jolgorio de tu boda, era un crío que se sabía todas las canciones de Desperados y veía cómo los caballos salvajes estaban a punto de arrastrarme. Las personas que siempre portan una sonrisa deberían vivir para siempre, Guille.
Ellos cantan tus canciones, veneran tu silueta de bicicleta, susurran las historias olvidades que la bruja cocinaba a la orilla del Canal. Bajo la luna de Santiago, en las carreteras que cruzan los Monegros, la balada del cuatrero que cambió la eléctrica por el sueño criollo, el bourbon por el mate y siempre con el bullicioso caballo de un corazón imparable. De jazz y poesía, con tu hermano Gabriel, atiborrados de Borges y Dylan, con el órgano hammond apretando las entrañas. No hace falta que te esperemos volver, nunca te marchaste.
No hay noche más negra que la que trae el silencio junto a ella. Los taburetes vacíos, los atriles
desabastecidos, punkies y rockers sin la sonrisa platino de Alma. Las malas noticias se agarran al asfalto antes de la llegada del fin de semana, JM, vale más morir que perder. Las pintadas en los solares gritan, ¡Larone vive! Mientras el ritmo entra en la casa y yo rebusco entre mis cintas VHS los videoclips grabados a medias, como un mosaico interrumpido, el saxo de Charly Sebastián, la voz de arcilla roja de Labordeta, disparando a Valery.
Los que nos quedamos, los que os vimos marchar, apagamos los amplificadores, esperamos un bis que nunca llegará, lamentamos esa última canción que no os escucharemos tocar.